El desafío de educar a la generación Z

Cada vez hay más instituciones que se amoldan al perfil de los nacidos a partir del año 1995.

Como ninguna otra, la generación Z, conformada por más de 2.000 millones de adolescentes y jóvenes que nacieron a partir de 1995 y crecieron en la era de internet, viven y respiran en entornos digitales. En ellos no solo se comunican, socializan y se entretienen, también aprenden, apalancados en las herramientas que la web les provee.

Estos ‘mutantes’, como los llaman algunos investigadores fascinados por su fusión con el mundo digital, están decididos a construirse una vida alejada de los códigos y de las aspiraciones de sus padres y del resto de mayores que los rodean, incluso en campos vitales como la educación. Mientras muchos adultos de hoy se ufanan de haber estudiado largas y tradicionales carreras presenciales en universidades, los Z se inclinan por el autoaprendizaje permanente en línea y por la búsqueda de programas que sean afines a sus gustos y dinámicas personales.

De acuerdo con el gabinete estadounidense de estudios Sparks and Honey, la mayoría de los “nativos digitales” pasan en promedio tres horas diarias ante sus pantallas; no solo consumen series, películas y participan activamente en redes sociales, sino que también han hallado un tipo de formación que se amolda a sus necesidades y a la forma como se relacionan con el mundo.

Hernán Aracena, cofundador del portal en internet Oja.la, que ofrece cursos sobre programación para computadores, celulares inteligentes y tabletas, tiene claro este diagnóstico. Desde su apertura en el 2012, este ha acumulado más de 10.000 usuarios, de los cuales Colombia es el segundo país que más aporta y el de mayor fidelidad.

“Esta generación no es como la de nuestros padres, a quienes les decían qué estudiar y ellos lo hacían. A estos jóvenes les interesa más construir su propio proyecto de vida y es algo que están logrando a partir de herramientas como la personalización, que ya está ocurriendo”, dice este emprendedor venezolano, quien, a sus 29 años, no duda en asegurar que la formación que él mismo se proporcionó a partir de cursos en línea le fue más útil que la que recibió en la Universidad de Florida Central (Estados Unidos), en informática y sistemas.

Pese a este avance que Aracena menciona y al tangible aumento de cursos alternativos en internet tanto gratuitos (como los Moocs) como pagos y con tutores que ofrece Oja.la, él considera que la educación para la generación Z aún está en proceso de construcción.

“Creo que estamos en un Yahoo y todavía nos falta llegar a Google”, dice, haciendo referencia a la historia de los buscadores en línea, que evolucionaron desde versiones muy básicas hasta el monstruo tecnológico que es Google hoy.

Por razones como esta es que también coexisten otras alternativas que combinan modelos que miran hacia el futuro mientras tienen un pie en el pasado, pues conservan las características de la educación más tradicional.

Así, existen instituciones como la Singularity University, cofinanciada por organizaciones como Google y Nasa, que ofrece cursos de posgrado en ramas futuristas especializadas, como innovación, y cambio climático y sostenibilidad, o el proyecto Minerva, una apuesta que busca que, sin tener que ir a un campus universitario en una única ciudad, los estudiantes se apropien de las metrópolis del mundo, mientras viajan por ellas y toman clases a distancia en programas que tienen currículos flexibles.

Otra propuesta innovadora es la de la Universidad Full Sail, en La Florida (EE. UU.). Aunque fue fundada hace más de 30 años, en estos momentos este centro académico cuenta con programas presenciales y a distancia en carreras como programación de videojuegos y producción de cine y de sonido.

Allí, con miras a aprovechar al máximo los recursos de estudio, los jóvenes pagan matrículas vitalicias que les permiten volver después de graduarse, y cada vez que lo quieran para actualizar sus conocimientos en una o varias materias de la carrera que cursaron. Además, para optimizar el tiempo, los periodos de vacaciones se reducen a unas pocas semanas por semestre, lo que resulta en que los programas duran solo dos años, con jornadas diarias de mínimos ocho horas.

Veloz como la industria

“El objetivo de estas dinámicas es que la velocidad de estudio sea la misma a la que se mueve la industria, que evoluciona permanentemente”, explica Jairo Serna, director de admisiones de Full Sail, quien agrega que los currículos de cada carrera se modifican, por lo menos, cada cuatro meses y con aportes que los mismos universitarios intervienen en estos procesos.

Una oferta de ese tipo es la que busca Felipe Barrera, estudiante del grado once en el colegio San Carlos, en Bogotá. Con 18 años, encaja perfectamente en el perfil de la generación Z.

“Cuando salga del colegio quiero estudiar algo que no necesariamente me vaya a volver millonario –dice–, prefiero algo que me divierta. Como soy un aficionado a los videojuegos, estuve buscando un programa relacionado con su desarrollo, pero no ha sido fácil porque la oferta que hay en Colombia no se amolda a lo que quiero, que es algo más digital y menos tradicional”. Felipe, valga decirlo, ya estableció contactos con una institución en Estados Unidos, con miras a iniciar estudios allí antes de que finalice este año.

Expertos como el neurólogo Olivier Houdé, director del laboratorio de psicología del desarrollo y educación infantil del CNRS-La Sorbonne (Francia) y autor del libro Aprender a resistir, consideran que la clave para que los jóvenes como Felipe asuman de la mejor manera este mundo, que parece ofrecerles pocas posibilidades que se amoldan a lo que buscan, está en que los padres los eduquen desde pequeños en habilidades como lo que él llama “saber resistir”.

“La maduración de este proceso es lenta en el curso del desarrollo del niño y del adolescente. Es por eso que hay que educarlo y entrenarlo intensamente en el colegio. Es lo que yo llamo “aprender a resistir”, una pedagogía del control cognitivo que ya ha sido demostrada en el laboratorio. Pero aún falta probar su aplicación en la escuela”, dice este doctor en psicología, quien explica en qué consiste el mecanismo: “Hay tres sistemas en el cerebro humano –comenta–: uno es rápido, automático e intuitivo, altamente requerido en el uso de pantallas; el otro es más lento, lógico y reflexivo. Un tercer sistema en el córtex prefrontal permite arbitrar entre los dos primeros (el corazón de la inteligencia) e inhibir los automatismos del pensamiento cuando se hace necesaria la aplicación de la lógica o de la moral. Es la resistencia cognitiva. Inhibir es resistir. Los nativos digitales deben reaprender a resistir para pensar mejor”. Según Houdé, los miembros de la generación Z “han ganado aptitudes cerebrales relacionadas con la velocidad y los automatismos, en detrimento de otras, como el razonamiento y el autocontrol”.

Así son:

Cotidianidad: navegan a través de varios dispositivos electrónicos durante varias horas al día. Están dispuestos a pagar mucho dinero por un teléfono inteligente, pero están acostumbrados a obtener música, videos, películas y contenidos gratis en la web. Adoptan modas que se propagan por ella, su vocabulario está lleno de acrónimos y anglicismos y sus ídolos son estrellas de internet.

Amigos: más de la mitad de los Z consideran que la vida social auténtica transcurre en redes sociales, donde el 84 por ciento tiene cuentas registradas, según una encuesta de la agencia JWT, de Estados Unidos. Para ellos es más fácil chatear que hablar.

Conocimientos: fanáticos del “autoaprendizaje permanente”, echan mano de los tutoriales de Youtube; han visto caducar tecnologías como los radios, el CD y el DVD y tienen claro que todo lo obtienen de la red. Su atención es breve; no leen, escanean.

Mundo laboral: entre el 50 y el 72 por ciento de ellos quiere crear su propio emprendimiento. La palabra “empresa” evoca nociones negativas como “complicada”, “despiadada”, “una jungla”. Confían en su red de contactos para triunfar, antes que en los diplomas, y no son amigos de las jerarquías. Al 76 por ciento le gustaría convertir su ‘hobby’ en su trabajo.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ
Redactor de EL TIEMPO
Con información de AFP

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